LAS PIEZAS DEL INVISIBLE PUZLE

Según mi particular punto de vista, lo primero en lo que debería detenerse a pensar aquel que haya decidido echarse a andar por la ruta de la emigración, es en algo que yo llamo “el engranaje”.
Uno de los elementos que caracteriza a los individuos de la especie humana, es nuestro carácter social. Somos seres sociales. Necesitamos formar parte de un grupo, de un ente social. Por muy solitaria que sea una persona, en algún lugar tendrá una familia, unos amigos, o unos conocidos de cuya congregación forma parte. Es, por consecuencia, un miembro de ese grupo, uno de sus integrantes.
Cada grupo, llámese familia, amigos, o conocidos, tiene una dinámica propia, en la que participan, en mayor o menor medida, cada uno de los individuos que lo componen. Son eso a lo que yo llamo “el engranaje”; las piezas de un puzle invisible. Un puzle que no se ve, pero que cada cual sabe que está allí, que forma parte de él, y el rol que desempeña.
Cada quien conoce qué papel cumple como miembro de su clan.
Cuando una persona emigra a otro país, el engranaje se rompe, porque falta esa pieza. Todos los miembros del grupo lo saben, y lo perciben así, por lo que resulta indispensable, quiéranlo o no, sustituir a ese que ya no está. Reemplazar al que se ha ido lejos y que ya no está para cumplir su rol dentro del cartel, dentro del grupo. Es allí donde, tarde o temprano, por fuerza, se darán cuenta de que por muy importante que haya sido el papel del ausente, nadie es indispensable. Todos somos prescindibles. Pero es un vacío que queda allí, al menos, temporalmente.
Otro elemento a tener en cuenta por el pretendiente a emigrar es a lo que los conocedores en esta materia llaman “el duelo migratorio”.
Cuando los miembros del grupo perciben la ausencia del miembro que falta, sufren una pérdida similar a quien le ha fallecido alguien. Les invaden sentimientos similares, aunque, obviamente, no iguales. Es una sensación de vacío, de ausencia, de desconsuelo, de pérdida irreparable. A esto se suman sentimientos de tristeza, abatimiento, desolación.
Obviamente siempre hay excepciones, como mi caso, en el que en lugar de entristecerse, mis amigos y familiares montaron una fiesta tremenda.
(Risas generalizadas)
Eso por parte de los miembros del grupo.
Por parte del emigrante, a su duelo migratorio se suma que tendrá que adaptarse a nuevos grupos familiares y sociales, y a nuevos entornos desconocidos hasta entonces para él. Se enfrentará a nuevas formas de ver el mundo, a formas distintas de hacer las cosas, de hablar, de comer, de beber, etc. Es decir, le tocará la dura lucha de enfrentarse con nuevas formas de cultura, muy distintas a la suya.
¿Y qué pensáis que hará? ¿Qué hace la mayoría? ¿Se adaptan rápidamente o tardan tiempo en hacerlo? Los estudios en la materia indican que somos muy resistentes al cambio. Luchamos por mantener nuestra anterior forma de vida, pensando que lo nuestro es lo mejor, y que la sociedad que nos acoge, simplemente nos adversa. Difícilmente asumimos lo obvio; que no es que la sociedad nueva que nos acoge sea mejor o peor que la nuestra, sino que simple y llanamente es diferente, distinta.
La sensación de pérdida, de nostalgia por lo que queda atrás, de “morriña” como dicen los gallegos, se hará más o menos difícil de sobrellevar dependiendo de la fortaleza psicológica de cada quien. Pero es un dolor y una tristeza que todos los emigrantes, en mayor o en menor medida, tenemos que sufrir, tenemos que soportar y que superar. Mientras no lo superemos no nos será posible avanzar.
Quien sale de su país buscando mejores destinos, debe saber que asume una doble condición; la de emigrante y la de inmigrante al mismo tiempo. Es emigrante de lo que deja atrás, e inmigrante en su nuevo destino. Como emigrante es ese que se fue dejando el vacío de su partida, y como inmigrante es el recién llegado que intentará hacerse un hueco en la sociedad que lo acoge. Tendrá que forjarse en nueva pieza de un puzle en el que, quizás, jamás llegue a ser admitido, aceptado.
No es lo mismo tolerancia que aceptación.
Es forzoso que en este punto invoquemos el problema de la discriminación. No les voy a dar una charla sobre lo que es la discriminación. Pienso que todos tenemos alguna idea de su significado. Solo decirles que no nos pensemos que los venezolanos somos los únicos que padecemos de este problema cuando nos vamos a vivir fuera, en otro país. La discriminación es un fenómeno que existe en todos los países del mundo y en todas las sociedades.
Sé, sin necesidad de ser adivino, que algunos de ustedes estarán pensando que esto que digo no es cierto, y que en Venezuela somos un país noble en el que tal problema no existe. A quienes así piensan quisiera llamarles a reflexionar sobre cómo creen que se sienten los gallegos en un país como el nuestro, en el que decir “gallego” es sinónimo de decir “bruto”. La colección de chistes y mofas de gallegos que tenemos en Venezuela no tiene comparación. Tan fuerte es esto, que muchos de los amigos gallegos que tengo viviendo aquí simplemente se identifican como “españoles”, haciendo omisión expresa del hecho cierto de haber nacido en Galicia. Y esto es solo un ejemplo.
Si un hombre de piel de color clara, o canela, llega al África a intentar convivir en una tribu de gente con la piel de color negro, pueden estar ustedes seguros de que será discriminado. Algunos dirán: ¡no!, ¡eso no es ser discriminado!, porque asocian “discriminación” con lo que padecen los individuos de la raza negra únicamente. Pero que sepáis que discriminación no solo es, como dice el diccionario, la acción y efecto de separar o distinguir unas cosas de otras, sino que es un término que hace referencia al trato de inferioridad dado a una persona o grupo de personas por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, de filiación o ideológicos, entre otros. Es decir, que todo trato de inferioridad dado a otro, podemos considerarlo como una forma de discriminación.
Volviendo al ejemplo anterior, decirles que ese nuevo que llega a la tribu africana, tendrá que ganarse un puesto. Luchar por conseguir ser una pieza más en el puzle al que pretende integrarse. Ocurre igual con un latino que llega a Alemania, a Suiza o a los Estados Unidos. Si no encuentra grupos de su condición latina a los que adherirse, tendrá que luchar por ganarse un lugar, un puesto en el nuevo engranaje. La discriminación es un fenómeno inherente a nuestra condición, no podemos llamarnos a engaño en esto. ¿Que nos gustaría que no fuese así, y que todos los habitantes de la tierra nos amásemos los unos a los otros? Por supuesto. Pero, lamentablemente, no es así. No podemos tapar el sol con un solo dedo, y con nuestros buenos deseos no vamos a cambiar el mundo. Aun en los países con legislaciones más restrictivas en materia de discriminación, no se ha podido, y a mi modo de ver no se podrá jamás, erradicar esta lacra.
Dentro de un mismo país existe discriminación entre sus distintos grupos. Si no están de acuerdo con esto, pregúntenle a un oriental, a un maracucho o a un gocho cómo los tratan los caraqueños aquí, en Caracas. Más aun, pregúntenle a los que viven en Catia, en San Martín o en Caricuao cómo los tratan los sifrinos de Caurimare, del Cafetal o de La Lagunita. Os sorprenderán los niveles de discriminación que podemos encontrar en una misma ciudad.
Otra forma que asume la discriminación es con el retornado, con el que vuelve después de haberse ido. Si vuelve pronto, es decir, antes de ser completamente sustituido como pieza en el puzle de su organización, siempre podrá volver a retomar su lugar sin mayores contratiempos, pero si tarda mucho en regresar, encontrará que su mundo ya no es el mismo, y que nunca más lo volverá a ser. Nada volverá a ser igual que antes. Sentirá el rechazo de sus propios congéneres, aun y cuando estos sean de su propio círculo familiar, lo cual lo hace aun más doloroso, más cruel.
He tenido la oportunidad de observar de cerca este fenómeno en las decenas de españoles que con la crisis actual que vive Venezuela, han retornado a su país de origen. Muchos de ellos no han podido adaptarse, porque se han encontrado con una sociedad, con unas familias, y unos amigos que ya no son los mismos que cuando partió. Ahora el raro es él, ahora el inmigrante y el extraño es él. Ahora le tocará ser un extranjero en su propia tierra y tendrá que volver a luchar por adaptarse nuevamente a un entorno que ahora le es adverso, hostil.
Aclarar, aunque parezca obvio, que cuando hago estos señalamientos no hablo de todos por igual. Mas, los datos indican, aunque no nos guste, que es una forma de conducta que asumen las mayorías.
El problema de la discriminación es doblemente cruel para aquellos que regresan sin haber cumplido con su cometido, sin haber alcanzado su meta. Es muy difícil para cualquier persona asumir un fracaso, una derrota. Por eso es que quienes parten hacia otros países muy difícilmente cuentan la verdad sobre las penurias que pasan, sobre los vejámenes, los maltratos, la discriminación, el aislamiento, las dificultades para conseguir trabajo, los problemas de adaptación, etc. Normalmente dicen que les va de maravilla, que están viviendo como reyes, que han homologado sus títulos universitarios (los que los tienen) y que están trabajando en sus profesiones. Desgraciadamente, la verdad es otra, y muy diferente, muy dura y cruel.
Hay una canción venezolana de un grupo criollo desaparecido llamado “Ensamble Gurrufío” cuya letra exponía en forma graciosa este asunto. Una de sus estrofas decía:

“Todo el que va a Nueva York,
se vuelve tan embustero,
que si allá fregaba platos,
dice aquí que era platero,
el Norte es una quimera,
¡qué atrocidad!,
¡y dicen que allá se vive como un pachá!”

Seguramente, si quienes andan por el mundo pasando necesidades y viviendo maltratos, humillaciones y vejámenes en sociedades desconocidas, contarán la verdad de sus situaciones, no habría tanta gente lanzándose por ese precipicio.
Es evidente que todos los seres humanos tenemos el derecho legítimo de hacer con nuestras vidas y con nuestros futuros lo que nos venga en gana, pero lamentablemente muchos caen en el engaño de utopías y cantos de sirena.
El que se aventura por estos caminos debe saber que llegará un momento en el que perderá el sentido de pertenencia, por mucho que se aferre a su antigua o a su nueva cultura. A la antigua, porque mientras más tiempo pase por fuera más extranjero se sentirá en su propia patria cuando regrese, y a la nueva porque por muy adaptado que se encuentre, jamás dejará de ser considerado de otro país, es decir, un extranjero más. Y no vale para ello que haya obtenido o no la nacionalidad del país que lo recibe. Los sentimientos y el comportamiento humano no se resuelven con papeles.
¿Qué digo yo cuando me preguntan de dónde soy? Un “ciudadano de un lugar llamado Mundo”, como dice una canción.
(Fragmento del libro “EL AROMA DEL MASTRANTO”)
Facebook: /franklin.diaz.9421
Twitter: @franklindiazl
Blogger: diazfranklin.blogspot.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s