La dureza de la ausencia


Qué duro es ver cómo se hunde tu país, devorado por la vorágine del fanatismo irracional, y tú, desde el otro lado del mundo sintiéndote con las manos atadas. Te entra una sensación de ansiedad, de pena profunda, de tristeza reprimida. Es como si desde tu barco ves naufragando en un mar inhóspito a tus seres queridos, y desde la barandilla les gritas, presa del más feroz de los desesperos, para insuflarles ánimos, pero sin tener a manos un puto salvavidas que lanzarles, sin nada con qué ayudarles.
¿Qué puedes hacer más que nada?: Gritar, patalear, opinar en las redes sociales; expresar tu “arrechera” sin una cacerola (porque estás en otro país, y a nadie le importa el dolor ni la sangre que se derrama en tu tierra, sino solo a ti, que tienes que mantenerte callado, recordando a tu patria, pensando en ella, pensando en ellos)
La irracionalidad fanática de los “marxistas-ateo-cristiano-cubanos” que gobiernan a mi amada Venezuela, ha traspasado todos los límites tolerables del entendimiento humano, y aun así, siguen allí; destrozando una nación, sembrando el odio de hermanos contra hermanos sin un por qué cierto, sin una razón verdadera.
A cualquier fanático del chavismo venezolano se le pregunta ¿por qué?, y ¿contra qué luchas?, y la respuesta automática es, ineludiblemente, siempre la misma: ¡contra el imperio!, ¡contra la derecha fascista!, ¡por la dignidad del pueblo “mesmo”! (el cerro de mierda con que les han lavado el cerebro durante todos estos años). Tienen los ojos vendados y los oídos tapados. No se dan cuenta de que luchan contra molinos de viento; de que esos argumentos son la excusa de sus dirigentes, para tener en quién echar las culpas de sus propios errores, de sus brutales atrocidades, de sus incompetencias manifiestas.
La enemistad “sin razón” de nuestro país con muchos otros países hermanos, es la principal causa de la escases de productos, la devaluación brutal de la moneda y la hiperinflación, que se vive comiendo el escaso salario de los trabajadores venezolanos. Quieren “copiar” el modelo cubano, un sistema que ha mantenido hundido en la peor de las miserias y durante más de cincuenta años, a millones de seres humanos sin voz, sin derecho a opinar, ni a pensar, sino a obedecer, a trabajar sin ganar, a sufrir solo por mantener en el poder a una secta de criminales, de bárbaros, de genocidas.
No existe una sola institución en mi amada Venezuela que no haya sido corrompida brutalmente por el pensamiento absurdo e irracional de un sistema que no sabe lo que quiere, pero que sí lo que hace: ¡destruir!, ¡verter odio!, ¡destrozar los más elementales sentimientos de dignidad de un país, de un pueblo, de una nación!, ¡despreciar! Precisamente por no saber lo que quieren es que son un barco a la deriva, sin rumbo; nadie sabe a qué puerto se dirigen.
Dicen que con Capriles se está viendo ya una luz al final del túnel. Solo espero que esa luz no sea la misma que hace decenas de años están viendo los cubanos, secuestrados en su propia patria, víctimas inciertas de la más horrible de las perversiones; la violación sistemática y continuada de sus más elementales derechos humanos.

Es mi opinión.

Franklin A. Díaz Lárez

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4 comentarios en “La dureza de la ausencia

  1. Hay tantas cosas que me motivan a quedarme en Venezuela. Una de ellas es imaginarme que veo noticias desde el otro lado del mundo sin poder hacer nada para que las cosas cambien, de seguro sería profundamente infeliz.
    Recientemente una amiga no pudo acompañar a su padre en sus últimos días, no pudo ir a su velorio, ni al entierro, producto del aislamiento en que comenzamos a vivir, no había boletos aéreos. Se el dolor que le causó estar lejos.
    Me imagino que algo así es el luto que deben estar viviendo ustedes desde el exilio, al ver como la madre patria se cae a pedazos y no la pueden acompañar.
    Los que nos quedamos la estamos acompañando, y desde aquí le digo como hermano paisano, no voltee la mirada, no le de la espalda, y cuando llegue el momento de reconstruirla vengase y únase a los que no quisimos irnos. Tenemos un país que construir, ese será un proceso más gratificante y valioso que verla agonizar.

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    • Gracias por tus comentarios Sebastián.
      Decirte que yo mismo sufrí una situación similar. No pude estar con mi madre en sus últimos momentos, ni asistir a su velorio, entierro, rezos, etc. Solo quienes hemos pasado por situaciones de semejante magnitud sabemos lo que se siente.
      Muchos compatriotas han salido de Venezuela buscando mejores oportunidades, y una mejor vida en otros países (lo cual es absolutamente respetable). Sin embargo, otros hemos salido por causas absolutamente ajenas a nuestra voluntad, y después de muchos años no hemos podido regresar. Negarnos el sentimiento por lo que dejamos y por los sufrimientos que sabemos están pasando nuestros compatriotas allá, es añadir una gota de ácido más a nuestra condición de inmigrantes, ya de por sí difícil, muy dura.

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