¿Cuándo se justifica el uso de la violencia?

Dicen que la violencia es “el arma de los que no tienen la razón”. A mi modo de ver, esto es “medianamente cierto”, es decir, que es una de esas verdades que lo son de forma relativa, no absoluta. Bastaría con formularse una pregunta tan elemental como esta para darse cuenta de lo que estoy hablando: ¿Cómo se podría evitar, sin violencia, que una persona a la que ves agrediendo a otra, continúe haciéndolo? ¿Cómo, si no es sujetándolo con fuerza, puedes evitar que le siga pegando, que la siga maltratando, que la continúe agrediendo?
Cuando en su momento a Simón Bolívar, el Libertador de Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador y Panamá, le dijeron que había que “arreglar” la situación con España con calma, “sin violencia”, dijo vehemente:
¿Es que acaso trescientos años de calma no han sido suficientes?
Si lo aliados hubiesen pretendido arreglar las cosas con Hitler razonando con él “pacíficamente y sin violencia”, quizás hoy todo el planeta se encontraría al servicio de una Alemania Nazi, y judíos, gitanos, mendigos, inmigrantes y homosexuales aun estarían siendo exterminados en cámaras de gas diseminadas por el mundo entero. ¿O no?


Si los venezolanos no nos hubiésemos levantado contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en su momento, muchos años más de sufrimientos, persecuciones, torturas, desapariciones forzadas y vejaciones hubiésemos tenido que soportar, como ya nos pasó con los treinta y cinco años de dictadura de Juan Vicente Gómez, o como le ocurrió a los españoles con los cuarenta años de dictadura de Franco, o como les está ocurriendo a los cubanos con el régimen criminal de los Castro, que este año cumplió cincuenta y seis años en el poder.


¿Cómo se puede dejar de pensar en una solución “violenta”, de fuerza, al problema venezolano cuando cada día observamos boquiabiertos las cosas tan horribles que allí están ocurriendo?; reparto de las riquezas de nuestro pueblo sin el menor escrúpulo entre la camarilla de gobernantes y sus secuaces; más de cincuenta muertes “diarias” producto de la falta de gobierno, de autoridad; hospitales desatendidos, sin insumos, agua, luz, ni servicios de ninguna clase; supermercados vacíos; carreteras destrozadas; servicios públicos colapsados; cárceles convertidas en antros del horror, donde no hay uno solo de los derechos humanos que no se viole diariamente; etc.
Todo un océano de razones justifican la búsqueda de una salida, no desesperada, como podrían pensar algunos, sino “razonada, meditada y más que justificada”; apelar a la violencia para hacer valer los derechos pisoteados y ultrajados de millones de personas.
La violencia es un derecho “legítimo” de todo individuo para defenderse de sus agresores. No hay oveja que no se convierta en lobo cuando día tras día le pegan, y le pegan, y le pegan, y le pegan… Hay un límite para la tolerancia. De hecho, las figuras jurídicas conocidas como “legítima defensa” y “estado de necesidad” son causas de justificación del uso de la violencia en la mayoría de los países civilizados del planeta, incluida Venezuela.

Legítima defensa
Fuera de las causas de justificación del uso de la violencia, el monopolio del uso de la fuerza corresponde a los Estados “legítimamente constituidos”, el cual ejercen cada día a través de sus fuerzas armadas, y de sus fuerzas policiales. Hay que recordar que las facultades de los gobiernos les han sido transferidas por los ciudadanos a través del ejercicio del voto. Somos nosotros los que le damos a los gobiernos el poder sobre nosotros mismos, incluido el de ejercer la violencia cuando no acatamos las leyes.
Si una persona va por allí agrediendo a otras, atracando tiendas, violando o matando a otros, no va a venir la policía a “razonar” con él amablemente, sino que con violencia deben reducirle y encerrarle para evitar que continúe con su carrera delictiva.
Ahora bien, ¿en qué casos se justificaría que los propios ciudadanos ejerciesen la violencia contra el gobierno?. Parece lógico pensar que cuando el estado se excede, de forma evidente, en sus atribuciones.
Se me ocurren algunos casos que pudieran servir de ejemplos;
Cuando “muelen” a palos a estudiantes desarmados por ejercer su “derecho legítimo” a protestar;


Cuando obligan a los estudiantes arrestados indebidamente a cantar consignas a favor del régimen so pena de seguirles pegando;


Cuando obligan a los miembros de la otrora ilustre Guardia Nacional Venezolana a llevar en sus uniformes las palabras Guardia Nacional “Chavista”;


Cuando impunemente arremeten a golpes contra los miembros de la oposición en el parlamento;


Cuando le roban los resultados a un candidato del pueblo que ganó, clara y evidentemente, por más de un millón de votos;


Cuando ves morir a un familiar tuyo en un hospital por falta de atención o de insumos y ves que quien usurpa las funciones de presidente de tu país regala los dineros de tu patria por el mundo, a su real saber y entender;

Cuando vas a un supermercado de compras y no consigues carne, pollo, mahonesa, mantequilla, y ni tan siquiera un rollo de papel con el que limpiarte el culo porque los descerebrados que dirigen tu país se han echado al mundo de enemigo “de gratis”;


Cuando ves que se llevan detenidos, por gusto y gana de los represores de tu país, a los principales líderes de la oposición (Leopoldo López, Antonio Ledezma, Daniel Ceballos) por el simple hecho de “pensar diferente”.


Y así, un interminable número más de ejemplos.
Cuando los medios pacíficos de solución de conflictos no dan resultado, es llegada la hora de pensar en la búsqueda de otras vías, en la aplicación de la violencia.
Sé que muchos dirán lo obvio: “Que hay que agotar todas las instancias, incluyendo las internacionales”. A esos que así piensan les digo: CINCUENTA Y SEIS AÑOS llevan los cubanos en “instancias internacionales” buscando ayuda para su pueblo, mientras los habitantes de la isla siguen sufriendo cada día los horrores de un régimen criminal que los mantiene presos en su propia patria, sometidos a la miseria económica, y a la más espantosa violación y subordinación de lo único libre que les queda: el pensamiento.


¿Vamos nosotros a esperar que nos ocurra lo mismo? No estoy de acuerdo.
Es mi opinión.

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