La “pena” y la “vergüenza” de trabajar

Hay países en los que trabajar realizando determinado tipo de oficios es vergonzoso, humillante, denigrante. Desde siempre, mi madre me enseñó que “pena”, “vergüenza”, me debía dar robar, hurtar, apropiarme de lo ajeno, quitarle a otro lo suyo, pero nunca, trabajar.
Cuando me vine a vivir a España, trece años atrás, tuve que guardarme mi orgullo en la maleta si no quería volver para atrás de vuelta con mis títulos universitarios, porque me enteré que sin homologarlos solo me valdrían para adornar la sala de la casa de mi madre en Venezuela, como recuerdo de los muchos esfuerzos que entre ambos habíamos realizado para obtenerlos. Y claro, la homologación, en casos como el mío, implicaba realizar la práctica totalidad de las carreras nuevamente, debido a las diferencias sustanciales que existen entre las exigencias académicas de cada país.
Por eso es que, como han hecho muchos otros, tuve que trabajar en “lo que me saliera”, en el trabajo que se me presentara (cuando, gracias a la fortuna o a la providencia, semejante proeza ocurría). Panadero, vendedor de seguros, gestor inmobiliario, freganchín, ayudante de cocina, camarero, limpiador, o vendedor de “cuanta mierda existe” (y perdonen por la expresión, es que no encontré un sinónimo más adecuado), han sido algunos de los oficios que me ha tocado realizar.
Nunca sentí pena, vergüenza por ello, al contrario. Siempre me sentí contento, satisfecho de las oportunidades que se me brindaban para llevar la comida a casa. Con tal de tener la nevera siempre llena, y el vestido, calzado, medicinas y resto de necesidades fundamentales de mi pequeña familia cubiertos, no me ha importado trabajar en lo que haya sido necesario, en lo que se me ha presentado.
He conocido muchos que no lo han soportado, que han valorado mucho más su “orgullo” que yo, que le he dado una patada gigantesca y lo he mandado a paseo hace muchos años. Si no hubiese sido así, ahora mismo no les estaría hablando de eso, y hoy mismo no seguiría viviendo aquí en España (y no lo digo como si de un triunfo se tratara, porque, sinceramente, no creo que lo sea. No me corresponde a mí juzgar a quienes se han regresado, ni a los que, como yo, han colgado sus titulaciones universitarias y su orgullo en un armario para trabajar en “lo que sea necesario”. Es muy probable que muchos de los que se han devuelto estén ahora en mejores condiciones económicas que quienes nos hemos quedado, y viceversa. “Nadie conoce la lluvia que cae en el tejado ajeno”, como se suele decir).

Es muy fácil juzgar

Seguimos.
Dentro del grupo de oficios que me tocado por ventura acometer, uno de los que mayor satisfacción me ha traído ha sido el de “Camarero de Sala”.

En los años que viví en Galicia hice un curso de formación profesional de ochocientas horas de duración, en el que aprendí mucho de la teoría y la práctica de este oficio, aunque no todo. Hasta entonces pensaba, erróneamente, que el trabajo de un camarero se circunscribía única y exclusivamente a la tarea de llevar y traer platos y bebidas a unos comensales sentados en una mesa. La formación teórico-práctica que entonces experimenté me demostró cuán equivocado estaba. En mis años de servicio y estudios, tuve que aprender no solo las formas correctas de llevar y retirar platos, tazas, bandejas, copas, cubertería, etc., a una mesa; sino también las distintas clases de vinos, sus denominaciones de origen, la mejor forma de “maridarlos” dependiendo del tipo de plato que se vaya a degustar; las formas de organización protocolaria de los distintos tipos de salas y eventos; las distintas formas y estilos de realizar los servicios; las formas de realizar los cócteles y bebidas (que quienes los han estudiado saben que es todo un mundo aparte); la forma de tratar a los comensales; las normas de protocolo que se llevan en cada tipo de evento social; etc. ¡Todo un mundo de cosas por conocer!

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Por fortuna, también tuve la buenaventura de realizar las prácticas en la Red de Paradores Nacionales de España; una inmensa cadena hotelera de gran lujo repartida por toda la geografía nacional del Reino de España.

Por entonces, al parecer, le caí en gracia al que por aquellos tiempos fungía de Director del Parador de Turismo de Tuy – Pontevedra, que me contrató durante algunas temporadas, y donde, gracias al ejercicio y la buena voluntad de mis maestras (porque aunque parezca extraño, todas eran mujeres), pude pulirme como un verdadero camarero de lujo, de esos que trabajan ataviados con elegantes e impecables uniformes, guantes blancos, litos, y demás instrumentales propios en hoteles de cuatro y cinco estrellas, y cruceros de gran lujo.


Con los años, y las circunstancias, tuve que dejar el oficio, y mudarme a la Isla de Tenerife, donde actualmente resido. Aquí me decidí a cambiar el rumbo de mi vida y dedicarme por completo a mis dos mayores pasiones; la lectura y la escritura.
Uno de los primeros libros que escribí, que ni siquiera pensé, al menos al principio, en vender, fue la Guía Práctica del Camarero. Viendo cómo los índices de desempleados cada día inflaban más y más los números de las estadísticas, pensé que poner a disposición de quienes no saben realizar este oficio, un texto en el que se les explicara, en lenguaje sencillo, todo lo básico que hay que saber de este tipo de trabajo, podría resultarles de gran utilidad. Pensé en lo desesperado que me sentía yo cuando no había estudiado hostelería, y en lo difícil que resultaba conseguir un trabajito para quienes no podíamos acreditar nuestra formación académica, e imaginé que de haber conseguido entonces un texto así, lo habría agradecido enormemente.
Se trata de un texto en el que explico, al detalle, todos los conocimientos que adquirí en mis años de formación teórica y práctica en el mundo de la hostelería, que como dije antes, no fueron pocos. Pues, como cosa insólita, y aunque muchos me dijeron al principio que escribir sobre eso era una inmensa “gilipollez”, resulta que es uno de mis trabajos que ha tenido mayor acogida, que se ha vendido más.

Muchos piensan, como comenté al principio de estas líneas, que este es un oficio para gente sin estudios, sin formación académica. Uno de esos oficios que pocos están dispuestos a realizar, porque consideran que es de ese tipo de trabajos en el que te humillas, te rebajas al desprecio de otros por el simple hecho de tener que servirles, que atenderles. Después de muchos años trabajando como camarero de sala, puedo asegurar que no es cierto, que es un trabajo tan digno como cualquier otro. Otros también dirán, erróneamente, lo que dije yo antes de estudiar en la escuela de hostelería; que ese es un oficio que puede realizar cualquiera, y que con saber llevar y traer platos a una mesa, es más que suficiente. ¡Grave error!. Las grandes cadenas hoteleras de cuatro y cinco estrellas, los Transatlánticos y Cruceros de gran lujo, y los Restaurantes más exclusivos nunca contratarán los servicios de aquellos que no tienen un mínimo de formación en este campo. Basta con acceder a cualquiera de sus páginas webs para darse cuenta de lo que estoy hablando.
He creado una sencilla página en la que he colgado los enlaces a las webs desde las cuales se pueden realizar las descargas en formato electrónico y compras en papel de este texto a unos precios verdaderamente exiguos.
Esta es la dirección:
https://diazfranklin.wordpress.com/libros-publicados/guia-practica-del-camarero/
Espero con ello haber podido ayudar.

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8 comentarios en “La “pena” y la “vergüenza” de trabajar

  1. Tal vez, la vergüenza surja cuando uno deja de ser el héroe de su propia historia. Cuando se se pelea sin otro sentido que el de sumar títulos en vacío.
    Creo que la vergüenza es producto de un des balance. Un desajuste del espíritu. Un golpe de expectativas ver sus realidad bajo la poderosa mirada de el gran otro.

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