Solo fue una pesadilla…

Pensando en todas aquellas cosas, sin darme cuenta, me quedé profundamente dormido. Tuve entonces una pesadilla.

Soñé que habíamos ido al cementerio a hacer la exhumación del cadáver del tío Chilo, y que en cuanto atravesamos la puerta principal, todo comenzó a ponerse oscuro de repente. Empezó a llover de forma tenue. Las luces de las farolas y de los sirios se encendieron, y eran todas de color violeta. Un susurro leve comenzó a escucharse en el ambiente, como el que algunas personas emiten cuando se despiertan por las mañanas y se estiran. Una especie de “Ummmmm…”, parecido también al que emiten los que meditan yoga. El susurro fue cobrando cada vez más y más intensidad a medida que avanzábamos por las tumbas, y nuevos susurros similares se incorporaban al inicial. En pocos momentos, aquello se convirtió en un concierto de “Ummmmms…”.

No pudimos llegar a la tumba del tío Chilo porque todo se puso extremadamente oscuro, y la comitiva se dispersó. Cada quien tomó por un camino diferente. De repente, todas las tapas de las tumbas comenzaron a abrirse, y los muertos empezaron a asomar sus manos y brazos estirándose como quien se acaba de levantar.

De entre la oscuridad y el mar de tumbas podía escuchar los gritos pidiendo auxilio de algunos de quienes habían ido conmigo. No sabía por dónde caminar. Trataba de encontrar el camino de vuelta, pero no lo veía. Cada vez llovía más, y relámpagos, truenos y centellas comenzaron a caer del cielo. En eso pude ver la tumba del tío Chilo, y me acerqué hasta ella. Estaba abierta, y su cuerpo no estaba dentro.

Alguien me habló desde una tumba contigua.

«¿Por qué buscas a los vivos entre los muertos?» —dijo.

Las mismas palabras que les dijeron a quienes fueron a buscar a Cristo el día que resucitó.

Cuando volteé a ver quién me hablaba, vi que se trataba de un zombi, uno de esos muertos vivientes horribles de los que salen en las películas. De sus ojos manaban fluidos viscosos parecidos a la leche condensada, y tenía lo que parecían dos llamas encendidas dentro de las cuencas de los ojos. Fue una imagen verdaderamente espeluznante.

En aquel preciso momento, desperté. Habíamos llegado a la estación de autobuses.

«Demasiadas emociones en muy poco tiempo» —pensé.

(Fragmento del libro LAS BALADAS DEL CIELO de Franklin Díaz)

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