El hombre en busca de sentido

El hombre en busca de sentido

Llegas a un momento de tu vida en el que ves que todo lo que querías hacer lo has hecho, que todas tus metas las has conseguido, o peor aún, que ya no son tus metas porque han desaparecido; ya nos las tienes en tu mente. Es el fin de tu camino. ¿Qué hay más allá? ¡Nada! Un absoluto vacío. ¡El final de los tiempos!

Has hecho las carreras universitarias que habías soñado de niño; vivido en las casas que habías querido; visitado los países y lugares que imaginaste existían; cumplido todas tus metas, y entre ellas, la  mayor: criar a tu hija en un país desarrollado, rico; cumpliendo así con la palabra empeñada a tu esposa en su lecho de muerte, 15 años atrás.

Te empeñaste en cumplir con todo lo que querías y debías, pero te falto un pequeño detalle: ¡vivir!

Te olvidaste de vivir, como dice la canción de Julio Iglesias.

Ahora que tienes más de 50 años, y ya no ves sino una única salida de este final de camino, aceptas a empujones volver a entrar a la universidad, de la que, según te dice tu psicóloga y tu hija, jamás debiste salir, por lo mucho que te gusta estudiar y ayudar a los demás con lo poco o mucho que sabes.

Es cuando vuelves a estar rodeado de humanos distintos a ti, que te das cuenta de que estás vivo, que aún no has muerto, aunque desde tiempos ha que lo sentías.

Conoces a los que van a ser tus compañeros de clases, y enloqueces de amor por tanto niño y niña a quien dar todo lo que tienes de ti; tus conocimientos; tu experiencia de vida; todo lo que eres, porque ocurre que ya no quieres nada para ti, porque sientes que nada vale nada.

Y empiezan las confusiones

«¿Por qué haces esto?»— Te preguntan a cada rato.

«Por nada —dice tú—. No espero nada a cambio».

«Eso no se lo cree nadie» —piensan todos.

A ti eso no te importa. Te angustias por servir a quienes piensas que más lo necesitan; los de entendimiento más cortito, que no entienden nada de lo que explican los profesores. También, a quienes, como tú, han vivido el duelo migratorio, y están llenos de odio contra todo y contra todos porque no entienden lo que les pasa.

No lo sabías, pero mientras más te esmerabas en ayudarlos, más te despreciaban. Nunca entendiste el porqué. Tampoco lo entiendes ahora.

Te acuerdas de aquella novela de Isabel Allende; “La Casa de los Espíritus”, en la que una hija dedicó su vida al cuidado de su madre, y cuando aquella falleció, se quedó sola, seca, fría, vacía. Solo despertó su condición de humana el trato amable de su cuñada, por la que desde entonces comenzó a sentir verdadera devoción. Diose cuenta de que también era humana, como los demás, y no la horrible bestia que ella pensaba que era; un ser espantoso, negro, apagado, seco, destinado al sufrimiento.

Fue eso lo que te pasó a ti cuando dedicaste tus servicios a ese angelito que puso Dios en tu camino, al que no tocarías ni con el pétalo de una rosa, como se suele decir, pero por quien estarías dispuesto a pasar mil noches de insomnio para ayudarla a alcanzar sus metas. Que si a ver vamos no eran muchas; solo aprobar sus materias.

Pero ocurrió que mientras más la tratabas, y más te esmerabas en servirle, más te decía ella que no la trataras como una niña, porque no lo era. Que era una mujer completa; hecha y derecha, no la bebé que acunabas en tus ojos, y a la que en sueños cantabas canciones y nanas de cuna para que estuviese feliz, aún a costa del monstruo horrible que tú eras.

Quizás fue su familia quien la apartó de ti, quizá sus amigas de la universidad, quizá ella misma, haciendo caso de tus propias peticiones.

Se lo rogaste encarecidamente:

— ¡Apártate de mí lado, por favor te lo suplico! —le dijiste muchas veces.

Pero ella, en medio de lo inmenso de su inocencia te decía:

— ¡Sí, sí, ya lo sé, pero ya mejor mañana, que hoy necesito que me ayudes con una cosa que no entiendo!

Hasta que por fin te bloqueó por sus redes sociales y nunca más le hablaste ni te hablo.

—¿Crees que estaba enamorado de esa niña? —le preguntaste a tu psicóloga. Luego añadiste—: Es incluso menor que la hija mía. Debe tener unos 18 años, aunque aparenta 5 o menos.

—¡Creo que no! —contestó ella tajante. Luego dio su diagnóstico—. Tienes un trastorno psicológico llamado “síndrome del nido vacío”. Dedicaste tu vida a cuidar de tu hija, y cuando sentiste que ella se te fue, necesitabas llenar ese vacío poniendo otro pollo en tu nido.

Investigaste sobre eso del síndrome del nido vacío y encontraste decenas de casos de robos de bebés a madres que habían perdido los suyos porque no lo aceptaban. Eran incapaces de aceptar semejante pérdida; semejante dolor.

El diagnóstico de la psicóloga te pareció excesivo, y más aún cuando te dijo que necesitabas que te viera la psiquiatra de manera urgente, porque según su apreciación “eras un paciente de alto riesgo”.

«¿De alto riesgo de qué?» —pensaste, sin atinar a dar con la respuesta.

La psiquiatra apenas habló contigo. Solo se dedicó a observar tus movimientos, tu forma de sentarte, de hablar, y de pensar. Con una sola pregunta le fue suficiente:

—¿Por qué crees que estás aquí? —dijo.

—No estoy seguro —le dijiste mirando a un lado, mientras ríos de lágrimas salían de tus ojos—. Creo que no le encuentro sentido a mi vida.

Soy como el hombre aquel del libro de Viktor Frankl: “El hombre en busca de sentido”. Y bueno…, no veo ninguna razón para seguir viviendo. Todas se acabaron. Y tampoco aparece ninguna nueva. Ya escribí todos los libros que quería escribir, viví todo lo que quería vivir, follé todo lo que quería follar, y en fin, que ya poco más tengo que hacer. Mi hija pensó que era una buena idea meterme de nuevo en la universidad para ver si recuperaba algo de los conocimientos que tenía de las carreras que había hecho en mi juventud en Venezuela. Por eso me metí a estudiar Derecho. Pero parece que la solución fue peor que la enfermedad. Tuve un malentendido con una niñita que estudiaba conmigo, y ahora me culpo de tener sentimientos tan aberrantes.

—¿Qué sentimientos? —preguntó la psiquiatra— ¿Sexuales?

—¡Nooooo! —gritaste tú—. Nunca habría pensado en eso.

—¿Por qué no? —preguntó tu interlocutora, con la mayor frialdad.

—Porque es una niña; una bebé de cuna, prácticamente. Solo tuve sentimientos tiernos hacia ella. Fue una especie de amor a primera vista. Nunca vi una joven con una cara de bebé tan marcada. Es como si viera a una bebé en su cunita y quisiera arroparla, mecerla para que se durmiera, arrullarla. Jamás he tenido pensamientos sexuales. Y si los hubiese tenido no tendría ningún problema en decírselo.

—¡Tiene que haber algo más! —aseveró la psiquiatra—. Sigue contando. ¿Qué pasó después?

Te estuviste un largo rato mirando en silencio sin mirar, y luego balbuceaste:

—Escribí una carta.

—Sigue —te dijo ella.

—Una carta para sus amigas, o lo que yo creía que eran sus amigas. No recuerdo bien el contenido, porque la destruí tan pronto se las envié, es decir, la borré de mi ordenador y de la papelera de reciclaje. Era como si me quisiese vaciar de aquello, y una vez habiendo salido, no querer saber nunca más de nada de eso. Sé que les decía que necesitaba que me ayudaran, pero no a intentar una relación con aquella niña, sino a superar el trauma de sentir que me podía haber estado enamorando de una bebé como aquella, porque eso mismo me podría volver a ocurrir con cualquiera. La respuesta de aquellas jóvenes me dejó sorprendido:

«Nosotras no podemos hacer nada con eso» —dijeron.

Me enfadé con ellas por eso, y les pedí que ya no me volviesen a tratar más.

Transcurrieron casi dos años después de aquello, hasta que hace poco otra de mis amigas de la Universidad, una jovencita que es campeona de Judo y por la que desde siempre he sentido una grandísima admiración y respeto, me escribió por Whatsapp para decirme que, pese a que agradecía lo bien que me había portado con ella ayudándola en lo que podía de sus estudios, no quería volver a saber de mí. Decía que se había enterado de que era un ser despreciable. Que debía estar preso por lo que había intentado hacer. Que se había enterado de lo de la carta y de “muchas otras cosas” que había pretendido yo con unas jovencitas que habían tenido que cambiar incluso de turno, para no toparse conmigo.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Escribí a las niñas para sostener una reunión con ellas; las que habían recibido la carta y la que yo presuntamente pretendía. Para sorpresa mía accedieron a reunirse conmigo vía internet. Fijamos un día para la entrevista, y en ella me preguntaron qué pasó y se los dije; que aquella joven que tanto apreciaba me había escrito para decirme cosas espantosas, y que había leído la carta que yo les había confiado en su momento a ellas.

—Nosotras no sabemos nada de eso —dijeron—. A nadie le hemos dado esa carta. ¿No será que tú dejaste que alguno de tus amigos la leyese?

—¡Imposible! —dije— La borré de mi ordenador en el mismo momento que la escribí.

—¿Estás seguro? —inquirieron

—¡Por supuesto que estoy seguro! —dije convencido.

—De alguna de ustedes tuvo que salir eso —les dije.

Y ante sus negativas reiteradas, lo dejamos así.

Aquella misma tarde, la chica que me había enviado aquellas frases de desprecio por Whatsapp, me dijo que era aún más sucio, miserable y despreciable de lo que ella imaginaba. Que había escuchado toda la conversación, y que ahora no solo sentía desprecio por mí, sino asco y repulsión.

—Supongo que te afectaron mucho sus palabras —dijo la psiquiatra.

—¡Pues sí! —dijiste— Fueron como si me hubiesen puesto un hierro candente en el pecho. Me dolió muchísimo, pero mucho, mucho, mucho.

Pocas veces me habían hecho tanto daño tan pocas palabras. No se trataba de lo que decían, sino de quién lo decía. A aquella niña, yo, más que admirarla, la adoraba, la veneraba. Siempre se la ponía de ejemplo a mi hija. Le decía que era una campeona, y así la trataba, como “mi campeona”, cada vez que me esmeraba en animarla para que superara sus materias. Y a pesar de lo mucho que me dolían sus desprecios, la perdonaba, porque pensaba, como Cristo cuando estaba en la cruz agonizando:

«¡Señor, perdónala, porque no sabe lo que hace!»

Aquella tarde llegué a casa, y le dije a mi hija que estaba cansado y que me iría de una vez a mi habitación a descansar. No objetó nada, como de costumbre.

Después que caí en mi cama, todo mi mundo se vino abajo. Comencé a llorar sin parar, y aún hoy lo sigo haciendo cada vez que sé que mi hija no me está viendo.

Llanto de noche, de día, por la mañana, en las tardes, en incluso estando en clases en la universidad. No entiendo cómo es que las lágrimas nunca se agotan. Todo lo que hago lo hago llorando. El sufrimiento es inmenso, eterno, indescriptible. Todo lo veo triste. No hay nada que me levante el ánimo. Todo es dolor y sufrimiento. Mi único consuelo me lo da Simba, mi perro salchicha. Me abrazo a él cada vez que llego a casa y no lo dejo, ni él a mí, en ningún momento. Hasta me lo he llevado a dormir conmigo, y por las noches, cuando las lágrimas se me salen solas de los ojos, me lame la cara y las lágrimas, y pone su cabecita sobre mi cuello y sobre mi cara. Ya lo he dicho antes; es mi único consuelo.

—¿Y en qué momento fue que pensaste en suicidarte? —preguntó la psiquiatra sin inmutarse.

—¡¿Quién le dijo eso?! —le preguntaste, haciéndote el sorprendido. Luego añadiste—: No se lo he dicho a nadie.

—No es necesario —te dijo ella, y luego guardó silencio esperando tu respuesta.

—Fue hace poco —dijiste poco después, resignado—. Cuando llamé a la psicóloga para decirle que necesitaba que me adelantará la cita porque me sentía muy mal y no paraba de llorar.

La psiquiatra dedicó su atención a escribir sus recetas. Te cambió todas las medicaciones que estabas tomando hasta entonces y te puso cosas distintas.

Durante largo rato estuviste sentado mirando fijamente al piso, sin mirarlo. La psiquiatra se levantó de su asiento y vino hasta donde estabas tú. No te diste cuenta sino cuando estaba a tu lado. Entonces le dijiste:

«El problema es lo que le dije al principio; que no encuentro cuál es el sentido de mi vida. No le encuentro sentido a vivir».

Y mientras te levantabas de tu asiento para tomar el papel con la nueva receta, ella te dijo:

«Como tú has escrito libros y sabes de eso, deberías escribir uno cuando le encuentres sentido a tu vida, y así nos lo das a nosotros, los psiquiatras, para dárselos a nuestros pacientes. Ese suele ser el mayor de sus problemas»

Franklin Díaz.-

Twitter: @franklindiazl

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