Mamá

Mamá fue una buena mujer. Fue una persona noble, benévola, muy generosa. Nunca en mi vida la vi enfadada, molesta, ni supe que lo hubiese estado con nadie. Jamás discutió. A nadie contradijo. Cuando en cualquier conversación tuvo una opinión contraria, calló. No entró en contradicciones. De allí que durante mucho tiempo, equivocadamente, yo pensaba que fuese fácil de convencer. El tiempo y nuestras múltiples conversaciones me demostraron lo contrario. Siempre fue de convicciones fijas, sólidas, firmes. Solo que por no llevar la contraria, se guardaba sus ideas para sí. Y tenía la precaución de recordar quién no estaba de acuerdo con ellas para evitar expresarlas en su presencia.

Mamá no era mi mamá, sino la mamá de mi mamá, es decir, que mamá era mi abuela. Ocurría que desde siempre la llamé mamá porque mi verdadera madre nos tenía prohibido, a mis dos hermanos y a mí, llamarla mamá. Decía que era muy joven para serlo, aunque la verdadera razón era que eso significaba un obstáculo evidente a la hora de encontrar nuevas conquistas. Era comprensible. Efectivamente, nos había parido siendo muy jovencita. A los 21 años había tenido al último de sus tres hijos —yo—, y aquel mismo año se separó de mi padre definitivamente, con lo que siendo tan joven, era normal que intentase rehacer su vida amorosa con otra persona. Pero no le resultaba muy fácil encontrar pareja siendo, como era, la madre de 3 muérganos como nosotros. Desde pequeñitos nos impuso la obligación de llamarla por su nombre: “María”, aunque por afecto y cercanía todos en casa la llamábamos “Mari”.

Mamá fue una de esas personas a las que se les suele llamar “autodidactas”. Nunca fue al colegio. Aprendió a leer y a sacar cuentas por su cuenta. Desde que lo hizo, en su adolescencia, tomó la Biblia como libro de cabecera. Lo convirtió en su libro favorito. No había un solo día de su vida que no leyera, al menos, un capítulo, media página, un salmo o un proverbio. Siempre lo tenía a mano. Podía recitar pasajes enteros de memoria. Se conocía exactamente el nombre de todos los libros que la componían. Cuántos eran del Antiguo y cuántos del Nuevo Testamento; los nombres de los principales profetas y apóstoles; los evangelios y las epístolas; los libros sapienciales, proféticos o históricos; el pentateuco, etc.

Mamá nunca fue a misa ni se bautizó, ni mucho menos hizo la primera comunión. Tampoco se casó por la Iglesia, ni nada de eso. Después de vieja, comenzó a recibir la visita en casa de los Testigos de Jehová, que por entonces andaban pregonando la venida del final de los tiempos con fecha exacta: “diciembre del año 2000”. Decían que estaba escrito tal cual en la Biblia, que ya la gente tenía que ir preparándose para la venida del Reino de Dios, la resurrección de los muertos y el final de los tiempos. Explicaban con todo lujo de detalles, cómo iba a ser el nuevo mundo; un paraíso en el que no habría guerras. La gente no se pondría nunca vieja ni se volvería a morir. No habría enfermedades, por lo que tampoco harían falta medicinas. No habría odio, celos, rencor, envidia, ni otros sentimientos similares. Los animales serían todos mansos, hasta las más terribles fieras. Los muertos resucitarían de sus tumbas con cuerpos nuevos. No habría contaminación ambiental, ni terremotos, ciclones, erupción de volcanes, inundaciones, ni ningún otro tipo de catástrofe natural. Se acabarían las cárceles, porque ya no habría más delincuentes. No volveríamos a tener frío ni calor, ni hambre ni sed, y Cristo bajaría del cielo con su corte celestial para juzgar a vivos y muertos. Por todo ello había que ir preparándose para la tan ansiada fecha: “diciembre del año 2000”.

Mamá se había hecho una creyente fiel de aquellos cuentos. Daba por hecho que todo ocurriría tal y como se lo decían. Cuando llegó el año 2000, los meses previos a diciembre, se dedicó a prepararlo todo para la venida del “Armagedón”, nombre con el que ella y sus camaradas Testigos de Jehová llamaban a la llegada del final. Llegado el mes de diciembre, se pasó todos los días con sus mejores trajes, esperando la venida de Jesucristo. Decía que quería estar presentable para cuando volviera a reunirse con sus muertos y con los demás que iban a resucitar, además del momento sublime en que fuera a encontrarse frente a frente con Jesucristo; cuando le tocará su turno de ser enjuiciada por sus pecados. Mi hermano mayor, que siempre fue un despiadado bromista, cada vez que se topaba con ella le hacía la burla.

«¿Y entonces mamá? —le preguntaba en tono burlón—, parece que el Armagedón se olvidó de ti.»

Mari, como era normal, se enfurecía con sus actitudes y le llamaba la atención. Pero él siempre se las ingeniaba para darle algún puntillazo a mamá, cuando nadie lo miraba:

«Te dejaron plantada mamá. Vas a tener que cambiar de religión» —le decía.

Uno de aquellos días, entró a casa corriendo y gritando:

«¡Mamá! ¡mamá! ¡Corre que llegó el Armagedón! ¡Viene a buscarte Cristo! ¡Ponte el traje de fiesta!»

Aquella no se la perdonó Mari, que para su desgracia, estaba allí aquel día. Aún y cuando mi hermano ya era bastante mayorcito, la emprendió con él a escobazos, y lo fue persiguiendo por la calle a través de varias manzanas. Le gritaba poseída de un inmenso ataque de rabia:

«¡No huyas, que yo te voy a dar tu Armagedón!»

Unos vecinos, amigos de la familia, la trajeron de vuelta a casa, casi a rastras, temblando de ira y echando espumarajos por las comisuras de la boca.

«Esta no se la perdono —repetía continuamente— cuando lo atrape, le daré su merecido.»

Todos pensamos que tarde o temprano aquello se olvidaría, pues mi hermano se estuvo sin venir a casa durante más de un mes, pero no fue así. Una tarde en que tomaba plácidamente la siesta, Mari le saltó encima con el palo de escoba al grito de:

«¡Que viene el Armagedón!»

Como si estuviese poseída de mil demonios, le arremetió a golpes con el palo de la escoba, en medio de un tremendo ataque de furia desmedida.

De aquella mi hermano no se volvió a meter con mamá. Ella, por su parte, mantuvo su ilusión hasta el último minuto, vistiéndose cada día con un traje diferente, embadurnándose de ungüentos y perfumes olor a lavanda de los que usa todo viejo, y asomándose cada media hora a la puerta de la calle buscando las señales del final en el cielo y en las expresiones de la gente que en aquel momento pasarán por allí.

Con la venida del nuevo año, mamá se vino abajo. Cayó en un mutismo absoluto del que no volvió a salir nunca más. No volvió a hablar con nadie, ni volvió a comer, ni a beber, ni nada de nada. Se quedó en su cama postrada, abatida, triste, pérdida en su ilusión. Pocas semanas después, la estábamos enterrando.

Hubo muchos que atribuyeron las culpas a los religiosos que la visitaban; los Testigos de Jehová. Quizás la llegada del nuevo año sí que había traído consigo el final de los tiempos, el fin del mundo. Pero solo para ella, solo para mamá.

Franklin Díaz.-

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