Como pato en gallinero

PATO EN GALLINERO

Así fue como me sentí el primer día de mi tantas veces nombrado, y nunca cumplido, regreso a las aulas universitarias; como un pato en un gallinero.

Los escalofríos eran horribles. El terror hacía estragos dentro de mí. Solo había niños y niñas. Ninguno pasaba de los 19 años. Más de uno tendría 17 e incluso 16, según llegué a pensar. El único viejo era yo. Un anciano de 52 años sentado entre infantes sonrientes, que completamente emocionados asistían por vez primera en sus vidas a una clase de universidad en calidad de alumnos.

El salón estaba lleno a rebosar.

«Trágame tierra» —pensaba una y otra vez, mientras unas ganas horribles de echarme a llorar se adueñaban de mí.

Pero a la vez me venía a la mente lo que pienso cada vez que estoy ante una dramática situación:

«Habiendo pasado por tantas cosas terribles en mi vida…, ¿cómo no voy a superar ahora esta tontería?»

Supuse que muchos pensarían que fuera yo el profesor, y que esperaba sentado entre ellos a que se callaran para levantarme y comenzar con la clase. Pero no era así. Yo seguía allí; tieso, inmóvil, intentando a toda costa evitar sus miradas, sus infantiles sonrisas, sus tiernas caritas de adolescentes.

Uno que se sentó detrás de mí, dijo:

«Señor…, ¿lo ayudo?, tiene que colocar en esa pantalla el número de alumno y su identificación»

Se refería a la pantalla de ingreso a la web de la universidad, a la que estaba intentando acceder infructuosamente desde mi ordenador portátil.

«Ah…, sí…, pues muchas gracias niño —dije, mirándolo de reojo, como miran las gallinas—. No encontraba formas de acceder a la página».

«Es normal —dijo él a renglón seguido—, casi nadie ha podido entrar. Hoy fue que abrieron los accesos»

«Pues muchas gracias» —volví a decir.

Y antes de que terminara la frase, extendió su mano y dijo:

«Mucho gusto. Yo soy Rafael»

«Pues, gracias Rafael —dije devolviéndole el gesto—. Yo soy Franklin»

Y así hice mi primer amiguito. Sin quererlo ni buscarlo. Él se presentó solito, y con ello me ayudó a vencer los temores y las vergüenzas que sin la menor piedad me estaban azotando.

Después de él, vinieron otros y otras voluntariamente a conocerme y a conocerlo a él también. Y no mostraban ningún rechazo hacia mí, que era uno de mis mayores temores. Me aceptaron entre ellos como si fuese uno más, como si yo también tuviese esos preciosos 17 o 18 años de tan tierna edad.

Con el tiempo me descubrí rodeado de personas extraordinarias, maravillosas. Dejé de verlos como niños, porque ellos no me veían a mí como el anciano decrépito y horrible que yo sí creía que era.

Me preguntaba:

«¿Por qué si ellos no me ven a mí como el Cuasimodo que creo que soy, tengo que hacerlo yo?»

Me incorporaron a sus grupos de estudio y de trabajo sin yo pedirlo ni buscarlo. Aún y cuando en muchas ocasiones trataba de aislarme, ellos no me dejaban. Venían siempre a saludarme con esas infantiles sonrisas que devolvían las ganas de vivir a cualquiera.

«¡Qué bonitos y qué bonitas que son! —pensaba yo siempre—. ¡Cuánta ternura!, ¡cuánta frescura hay en esos rostros!, ¡cuán intenso es el brillo de sus miradas!».

Y comencé a sentirme privilegiado. Le di gracias a ese Dios en el que creo, por haberme devuelto la confianza en mí mismo, la autoestima, el auto concepto positivo.

He querido ayudarlos con lo poco o mucho que sé de las materias que estamos viendo. Muchas de esas cosas ya las estudié antes con ahínco, con pasión, aunque de otras formas, en otros lugares, pero con los mismos contenidos académicos.

Algunos han aceptado mi ayuda de buen agrado. Otros han sido indiferentes. Van a su ritmo. Tienen sus propios métodos de estudio. No les gusta que interfieran en ellos. Nada fuera de lo común. Todo de lo más normal.

Lo que sí no es ni medio normal, y queda fuera de toda duda, es que la vida me dio un vuelco extraordinario. Dejé de creer que fuera yo como un pato en un gallinero. Me convertí en un cisne rodeado de otros muchos cisnes. Eso sí: más bonitos, más humanos, más inteligentes, más dulces y más tiernos de lo que nunca nadie pudiera imaginar.

Me siento enormemente privilegiado de poder estar entre ellos. ¡Muy privilegiado! Solo mi Dios y yo sabemos que no hay un ápice de exageración en lo que digo.

Es por cosas como esta que vale la pena vivir.

Franklin Díaz.-
Twitter: @franklindiazl
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