La Casa de las Orquídeas

En la zona sur de Medina del Campo, vivía una familia que tenía una casa inmensa. Todas las de por allí lo eran, pero aquella, la que más. Su fachada exterior era de color blanco radiante, intenso. Tenía unas esculturales rejas de hierro forjado, pintadas con una singular mezcla de colores blanco y lila. En el porche había decenas de macetas y troncos viejos, en los que vivían diversas variedades de orquídeas. Siempre había cuando menos una florecida, lo que despertaba la atención y la curiosidad de cuanto caminante anduviese por allí. Era muy difícil no voltear a mirar. Se trataba de flores verdaderamente preciosas, y muy peculiares. Ninguna era igual a otra.

La casa tenía nombre. Se llamaba “La Casa de las Orquídeas”. Un pequeño cartel de madera colgado en la parte externa daba cuenta de ello.

Doña Hortensia, la dueña, desde siempre había sentido una especial fascinación por aquel tipo de parásitas. Las cuidaba y las mimaba como si de sus propias hijas se tratase. Mucha gente se allegaba hasta ella para preguntar si les podía vender alguna. Su respuesta era siempre la misma; un ¡NO! rotundo. Sin embargo, se sabía que a sus amistades más cercanas, en ocasiones muy puntuales, les cedía alguna en calidad de adopción, siempre y cuando se comprometiesen a cuidarla de la misma forma que lo hacía ella; con cariño, tacto especial y mucho amor.

Cada semana, doña Hortensia hacía una visita en las casas de los adoptantes, para verificar cómo se encontraban sus “niñas”. Era la forma que utilizaba para referirse a las monocotiledóneas. Como quiera que observase la más mínima ausencia de esmerados cuidados y especiales atenciones, las llevaba de vuelta consigo. Y no había nada que nadie pudiese hacer para detenerla. Así de grande era su amor por ellas.

Había quienes pensaban que doña Hortensia no era una mujer del todo cuerda, porque cuando salía afuera a regar a sus plantitas, cortar las hojas secas o espantar los insectos, hablaba con ellas relatándoles su día a día, y les cantaba en susurros entonando las más tiernas melodías. Y era de tal manera dulce su canto, que muchos de los que pasaban por allí se detenían, solo para darse el placer de escucharla. No era que tuviese buena voz, porque, en efecto, no la tenía, sino por el sentimiento con el que cantaba.

Don Ernesto, el marido de doña Hortensia, trabajaba de agente viajero. Recorría todo el país como representante de ventas de varias agencias multinacionales. A veces iba en su propio coche, otras, en coche de línea o avión, por encontrarse más lejano su destino. Cuando lo hacía, tenía prohibido regresar a casa sin traer consigo, al menos, una nueva planta de orquídea. Preferiblemente, de especie distinta a las que ya tenían.

De aquella manera se fue enriqueciendo, cada vez más, el patrimonio orquideológico de la familia, hasta el punto de llegar a ser considerados nacional e internacionalmente. En ocasiones, algunas revistas botánicas de prestigio los entrevistaban y publicaban en sus portadas. La cantidad y variedad de flores que tenían, era inmensa. La casa poseía un patio enorme, y todo él lo habían transformado en una especie de “Museo de la Orquídea” que daba gusto visitar y contemplar.

Ocurrió que en uno de aquellos viajes, don Ernesto sufrió un accidente con su automóvil, de fatales consecuencias. Doña Hortensia, que no había querido tener más hijos que sus orquídeas, se quedó sola con ellas. Clausuró su museo de las orquídeas a las visitas externas, y se sumió en un llanto permanente y en una gran depresión.

Al parecer, las orquídeas percibieron el ambiente trágico en la casa, y poco a poco, comenzaron a morir también. Cuidados no les faltaba, porque doña Hortensia, a pesar de encontrarse deprimida, no hacía otra cosa que mimarlas, pero, inexplicablemente, de un día para otro, las flores comenzaban a entristecerse, las hojas a caerse, y las raíces, colgadas de tallos y palos podridos, a secarse.

Irremediablemente, las plantitas morían, y no había forma ni manera de hacerlas revivir. Una peste mortal cayó sobre todas ellas. El espectáculo de flores muertas era dantesco.

Meses después, otra calamidad se le vino encima. Comenzaron a llegar cartas del Banco diciendo que se pagaran las deudas contraídas por el difunto, o ejecutarían la hipoteca que tenían sobre la vivienda.

Las facturas de los servicios, también comenzaron a acumularse.

Doña Hortensia había gastado todos sus ahorros en mantener las deudas al día, pero como no tenía una fuente de ingresos propia, poco a poco el dinero que tenía ahorrado se fue terminando, llegando al momento trágico en que ya no quedaba nada en el Banco.

Doña Hortensia en la vida imaginó que algo así pudiese ocurrirle. Jamás se preocupó de planificar su futuro. Vivía el día a día, como se suele decir. Nunca pensó que de un día para otro la tortilla de su vida pudiese dar una vuelta semejante; que repentinamente fuese a encontrase sola y desesperada, sin saber qué hacer ni a quién acudir. Su marido había sido quien desde siempre se había encargado de la totalidad de los temas económicos. Era él quien llevaba las cuentas de lo que se gastaba y de lo que no.

Cuando ya no quedaba nada en su cartera, y las últimas orquídeas comenzaron a entristecerse, doña Hortensia clamó a Dios hablando así:

« ¡Dios mío!, pero ¿qué es lo que te he hecho? ¿Por qué te llevas todo lo que tengo y quiero? ¿Por qué me privas de todo lo que tiene algún valor para mí? ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Ayúdame! ¡No me abandones! ¡Yo también soy tu hija! ¡Voltea tu mirada hacia mí! ¡De rodillas te lo imploro! »

Entonces tuvo un sueño extraño. En él se veía a sí misma llorando, sentada en el porche de su casa, rodeada de todas sus orquídeas muertas. Repentinamente, escuchaba una voz estruendosa que decía:

«Hortensia: no llores más, mujer. El Señor ha escuchado tu petición y quiere darte una respuesta. Porque ¿qué padre puede ver a sus hijos sufriendo, sin conmoverse? Escucha esto con mucha atención: Tendrás que viajar hasta “Los Arroyos de la Encomienda”. Allí encontrarás un pequeño río de aguas muy cristalinas, con un balneario público llamado “Los Muxes”. En las orillas de su margen izquierdo verás que hay 22 plantas de dátiles frondosas, cargadas de frutos. En medio de ellas, en un claro, un pequeño charco de lodos. Dentro de él, una inmensa fortuna te espera. Con ella vivirás tranquila el resto de tus días»

Doña Hortensia hizo todo lo que le dijo la voz de su sueño. Vendió lo poco que tenía de valor para costearse el viaje. Se informó de la ubicación exacta que le habían dado las voces en sueños, y pocos días después estaba allí; frente a las aguas del balneario “Los Muxes”.

El lugar era idéntico a como lo había imaginado. De un lado estaba el balneario y unas instalaciones en las que los visitantes se cambiaban de ropa. Y del otro… ¡Oh! ¡Sorpresa!: 22 plantas de dátiles, frondosas y hermosas. Caminó entre ellas, y justo como dijo la voz de su sueño; en el centro de la plantación había un pequeño charco formado por los remanentes del sistema de riego.

¡No se lo podía creer!

Sin tiempo que perder, se colocó de rodillas frente al charco y extendió su brazo derecho introduciéndolo dentro de él. Hurgo, removió, volvió a hurgar y a remover, esta vez con ambas manos, y volvió a hurgar y a remover todo aquello, pero no encontraba nada. Solo había lodos arcillosos y piedras pequeñas.

Una voz de viejo, detrás de ella, le habló así:

— ¡Señora!, ¿pero qué hace usted allí?

Hortensia se asustó y sorprendió sobremanera. No se lo esperaba.

Con el impulso de la sorpresa, se puso en pie de un solo salto. Miró sus brazos, sus manos y su pecho llenos de lodo, al tiempo que giraba la cabeza para ver a la persona que le hablaba; un señor mayor que ya pintaba canas, y que caminaba, a duras penas, apoyado en un lustroso bastón de madera de roble.

— ¿Y usted quién es? —preguntó doña Hortensia con voz de susurro.

—El propietario de este lugar —dijo aquel.

Acto seguido, doña Hortensia se arrodilló en el suelo húmedo, llevó sus manos sucias hasta su rostro, y comenzó a llorar desconsoladamente.

— ¡Pero no llore mujer! —dijo el viejito del bastón—. No ha pasado nada. No la voy a denunciar por esto, si es lo que piensa.

Pero doña Hortensia estaba inconsolable. Nada de lo que nadie pudiese decirle podría sacarla de su temporal crisis de llantos y ansiedad.

El viejito espero con paciencia.

Cuando se calmó, dijo así:

—Usted perdone señor, por favor. Es que he tenido un extraño sueño días atrás en el que me indicaban que en este lugar exacto encontraría una inmensa fortuna, con la que podría vivir tranquila el resto de mis días.

El viejito escuchó con atención sus palabras, y al finalizar, dejó escapar una larga carcajada.

Doña Hortensia se puso roja como un tomate. Sintió una vergüenza profunda.

—Es usted una mujer osada —dijo el viejo—, eso no se le puede quitar. Menos mal que sus voces le dijeron que viniera a este sitio, y no que se lanzara por un precipicio o de un coche en marcha. Yo también tuve un sueño de esos hace poco. Soñé que una voz me decía que viajara a tal lugar en tal ciudad, que allí encontraría una inmensa riqueza. Me lo describieron como una casa grande, de radiante color blanco. Sus rejas exteriores eran de hierro forjado y pintadas de color lila. Adentro, estaba todo lleno de orquídeas. Una multitud de ellas rodeaba la montaña de riquezas, y la acompañaba donde quiera que fuese ¿Se puede usted creer semejante tontería?

Doña Eugenia quedó repentinamente petrificada.

El viejito continuó hablando:

— ¿Se imagina usted que hubiese ido a perder mi tiempo buscando riquezas de sueños? ¡Sería absurdo!

Doña Eugenia continuaba tiesa como una piedra. Tras un largo silencio, balbuceó:

— ¡Claro! ¡Ahora entiendo todo!

— ¿Entiende qué? —preguntó el viejito.

Doña Eugenia se puso de pie, miró al cielo, que por entonces estaba claro y brillante, sin rastro de nubes; y con el rostro bañado en lágrimas, exclamó:

«¡Ya sé dónde está mi fortuna! ¡He encontrado mi tesoro! Todo este tiempo estuve buscando lo que ya estaba conmigo»

Un éxtasis tremendo se apodero de ella. Su rostro era el de quien siente una felicidad muy intensa, extrema.

«¡Gracias por esta felicidad tan grande, mi Señor!» —dijo, extendiendo sus brazos con las palmas de las manos hacia arriba.

Después, cesó de respirar.

—Fin—

Franklin Díaz

@Copyright: Franklin Díaz 06 de mayo de 2023

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