La prima y yo

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El ser humano nunca dejará de sorprenderme. Cuando crees que lo has visto todo, de repente algo ocurre que te hace darte cuenta de lo mucho que te falta por ver.

Recién acababa de publicar mi libro “Cartas para un hermano inmigrante”, cuando una prima de la que hacía muchos años nada sabía, contactó conmigo a través de una de mis redes sociales. Preguntó si podía charlar conmigo por privado, a ser posible por whatssapp, a lo que accedí con todo el gusto.

He de decir que entre la susodicha y este servidor, hubo un tiempo, en los mejores años de nuestra juventud, en el que por cuestiones del destino mantuvimos algún tipo de unión espiritual, por llamarla de alguna manera. Y digo esto para que quede muy claro que entre la prima y yo jamás hubo unión de tipo físico (carnal, que llaman). Ella estaba felizmente casada, vivía con su marido y con los dos hijos de ambos.

Sin embargo, entre nosotros se produjo una unión muy potente. Tan fuerte, como lo abrupto de nuestra posterior ruptura. Creo recordar que la causa fueron los celos de su marido, aunque quizás me equivoque. De eso ya han pasado más de treinta años, y últimamente mi memoria se ha dedicado a recordar solo las cosas buenas prescindiendo de las malas.

En su momento, a propios y extraños llamó la atención el camino que parecía ir tomando aquella singular “amistad” entre la prima y yo. A nadie sorprendió la forma abrupta como terminó.

«Lo que mal empieza, mal termina­­» —dijo mi madre entonces.

Debo aclarar que, quizás, todo aquello había surgido porque la prima y yo nunca antes nos habíamos visto. Nos conocimos en nuestra época de estudiantes de la universidad. Ambos cursábamos entonces la misma carrera; Derecho. Y de nuestro primer encuentro surgió una fuerte atracción que hacía que intentáramos estar siempre cerca el uno del otro. Al menos fue así en mi caso. Entiendo que en el de ella también, visto su singular comportamiento hacia mí, muy parecido al mío, e incluso, más fuerte.

Dicho lo anterior, que servirá para poner al lector en antecedentes de lo que viene ahora, entremos en materia de lo acontecido recientemente.

Vía whatsapp, la prima y yo iniciamos un proceso de conversaciones diarias, largas y constantes. Siempre estábamos en contacto. A cada hora nos decíamos lo que cada cual estuviese haciendo. Nos contamos lo que había sido de nuestras vidas respectivas. Rememoramos con ansias aquellos días felices en los que tan estrechamente unidos habíamos estado, los años de universidad, la dedicación a nuestras carreras profesionales, los pocos o muchos amores que habían pasado por nuestras vidas (la prima ya se había casado dos veces), la forma como habíamos criado a nuestros hijos, etc.

Poco a poco, con el transcurrir de los días, comencé a notar un cierto estado de ansiedad cada vez mayor de la prima para conmigo.

Lo que comenzó con suaves pinceladas de cosas como:

«Qué contenta estoy cada vez que hablo contigo».

Pasó pronto a mensajes más subiditos de tono:

«Como me gustaría estar allí cerca de ti para abrazarte y darte muchos besos».

Y eso solo por poner un ejemplo.

La prima decía que añoraba estar cerca de mí; que este nuevo encuentro estaba causando estragos en sus sentimientos; que por alguna extraña razón, el destino nos estaba empujando nuevamente hacia un camino juntos, que aquello iba cada vez a más, que había un volcán dentro de ella que tarde o temprano terminaría en erupción, etc.

Algo, que no sabía lo que era, me decía que aquello no era posible. La intuición de muchos años vividos conociendo personas tan distintas, quizás.

Cientos de preguntas comenzaron a surgir espontaneas en mi cerebro:

«¿A qué viene la prima a buscarme ahora, a estas altura de la vida, cuando ya ambos pasamos de los cincuenta años?»

«¿Por qué esa insistencia en decirme tantas frases melosas en cada una de nuestras conversaciones, si apenas llevamos solo un mes de nuestro reencuentro?»

«¿Qué se traerá entre manos esta mujer ahora? ¿Qué estará buscando?»

En ocasiones, me reprochaba a mí mismo por la dureza de mis dudas e incertidumbres.

¿Acaso no era posible que aquellos sentimientos entre la prima y yo aún permaneciesen allí, simplemente dormidos, y que un simple empujoncito los hubiese hecho despertar?

Lo pensaba y lo pensaba, y la respuesta era siempre la misma:

«¡No! ¡No es posible!»

El problema que tengo es que cuando intuyo algo con tanta claridad, muy raro es que no acierte. Algo olía mal en aquel repentino acercamiento emocional de la prima hacia mí. No había duda ninguna.

Le seguí el juego poco tiempo más, aunque me propuse descubrir los porqués de todo aquello. Para mi desgracia, tardé poco en descubrirlo. El tamaño horrible del monstruoso engaño con el que la prima pretendía conquistarme removió todos mis cimientos. Fue una gota más del océano de razones que tengo para recelar tanto de la raza humana.

«¿Cómo es posible que alguien pueda hacer algo así?» —pensé, una y otra vez.

Y aún hoy, sigo meditando en ello y buscando respuestas.

La prima dijo un día:

—Primo, ya no aguanto más. Necesito estar contigo. Necesito que volvamos a estar juntos.

—¿No te parece un “pelín” precipitado? —pregunté.

Y ella contestó con desparpajo:

—Precipitado es este espantoso deseo que tengo de estar contigo, primo. Ya no aguanto más. Necesito que me lleves contigo. No puedo seguir sufriendo tanto.

—Vale, vale… —le dije— ¿Y cómo hacemos entonces? No te puedes venir a España a vivir si no tienes la documentación en regla. Tendrías que venir por un tiempo como turista, siempre que tu estancia no vaya a ser mayor de tres meses. Luego aquí ya veríamos si la cosa funciona o no.

—¡Déjate de turistas! —dijo radical— Regístrame como tu pareja de hecho allá en el ayuntamiento donde vives. Ya con eso me voy para allá y luego solicito la residencia permanente­­.

—Prima… —dije sorprendido—, no te puedo registrar aquí como pareja de hecho mía si en realidad no lo eres. Eso sería un fraude de ley. Además, no me has dicho si estás o no casada aún.

—Sí primo… —dijo como sin querer— Estoy casada todavía, con mi segundo esposo. Pero eso no es problema. Allá nadie sabe que estoy casada. Yo tengo una amiga que lo hizo así y no ha tenido ningún problema.

Me quedé tan frío como el iceberg más frío de la Antártida.

—¿Y dónde está tu esposo actual? —pregunté después— ¿Se quedó en Venezuela?

La prima llevaba un año viviendo en Chile, país al que había emigrado desde Venezuela huyendo de la dictadura chavista.

—No… —dijo— Está aquí en Chile conmigo y los niños.

—¿¡Qué niños!? —pregunté sorprendido.

—Nuestros chicos —dijo—. Los tres hijos que tuvimos.

—Ahhh… —dije— ¿O sea que tuviste tres hijos más en este nuevo matrimonio, aparte de los dos que tuviste en el anterior?

—Sí… —dijo tímidamente.

Después de unos momentos de duda, o más bien de sorpresa no digerida, le hablé así:

—A ver que yo me aclare prima… ¿Me estás diciendo que estás casada; que vives con tu marido y tus tres nuevos hijos en Chile; que te quieres venir a España simulando mantener una relación de hecho conmigo para conseguir la residencia y posterior nacionalidad española? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

—No primo, eso no es así. Lo que te estoy diciendo es que te quiero y quiero estar contigo.

—Mmmm… —murmuré— ¿Y qué vas a hacer con tu marido y tus hijos?

—Llevarlos conmigo, claro —dijo sin el menor de los pudores—. Una vez allá, cada quien que haga su vida como quiera.

—¿O sea que te vendrías también con tu marido y tus hijos?

—Claro, primo…

—¿Y se vendrían aquí también a vivir todos conmigo? —le pregunté sin salir de mi asombro ante tamaño esperpento de propuesta.

—Mientras no tengan donde ir…, se podrían quedar con nosotros.

—Entiendo —dije completamente incrédulo. Luego continué hablándole así—: Y una última preguntita, prima ¿dónde pondríamos a dormir a tu marido? ¿Con nosotros o le ponemos una habitación aparte?

No hubo ninguna respuesta.

Pasaron tres días sin que volviéramos a hablar. Luego, la prima me mandó un tímido mensaje.

«Lo siento primo. Creo que cometí un error. El desespero por salir de aquí me ha hecho cometer esta locura. Si no quieres volver a hablarme, lo entenderé».

Y así lo hice. Nunca más he querido volver a hablarle.

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